domingo, 26 de junio de 2016

Posibles salidas al 26-J

No es más que un experimiento de laboratorio con datos aún no definitivos, pero...


PP 137 / PSOE 85 / UP 71 / Cs 32
ERC 9 / CDC 8 / PNV 5 / Bildu 2 / CC 1

Hipótesis
PP
137
PSOE
85
UP
71
Cs
32
Otros
25
¿Gobernaría?
PP sin apoyos
NO
NO
NO
NO
NO
(137 vs. 253)
PP más Cs,
sin otros apoyos
NO
NO
NO
NO
(169 vs. 181)
PP más Cs,
con abstención PSOE
---
NO
NO
(169 vs. 96)
PSOE sin apoyos
NO
NO
NO
NO
NO
(PP le supera)
PSOE con abstención
de Cs y/o de UP
NO
---
---
---
NO
(PP le supera)
PSOE más UP
NO
NO
NO
NO
(156 vs. 194)
PSOE más UP
con abstención nacionalista
NO
NO
---
NO
(156 vs. 169)
PSOE más UP
más independentistas
NO
NO
???
Depende:
necesitan
+20 votos
PSOE más Cs,
sin otros apoyos
NO
NO
NO
NO
(PP le supera)
PSOE más Cs
con abstención PP
---
NO
NO
(117 vs. 96)


jueves, 23 de junio de 2016

El preso que desafió a Himmler

         Ayer les planteé a mis colegas del Facebook un reto y una pregunta: averiguar cuál de dos imágenes simétricas entre sí era real, y cuál les gustaba más, con independencia de su contenido que no es para reír.
         La foto, en sus dos versiones, es ésta:



         Se trata de una de las fotos más conocidas de la Segunda Guerra Mundial, y se conoce como "el prisionero que desafió a Himmler". Su contenido es obvio: un prisionero famélico parece desafiar con la mirada a un jefe nazi que, en efecto, es el mariscal del Reich SS Heinrich Himmler, máximo jefe de la Gestapo y de las SS y uno de los máximos responsables del nazismo.
         Las razones que mis amigos expusieron para decidir cuál era la original fueron variadas: por ejemplo, Rafael alegó que la foto real era la número 1, porque en una revista militar la tropa siempre está a la izquierda y la insignia del traje también está a la izquierda. Juan Carlos y Rebeca también apostaron por la 1, por la forma de abotonarse la guerrera. Rafa dijo que la real era la número 2 "por una pura sensación visual". Por su parte, Alicia dijo que, si el joven judío era real, desde luego estaba pasando menos hambre que en las fotos verdaderas, y presumió que la foto podía ser propaganda nazi.
          Pese a los argumentos sobre cómo se abrochan las guerreras, la foto real es la de abajo, la número 2. El prisionero está a la izquierda, y Himmler y el resto de los nazis a la derecha. Se puede apreciar por cómo lleva Himmler las condecoraciones, y por ese botón -"la insignia del traje", que decía Rafael-, que es nada menos que la Medalla de Oro del Partido Nazi.
         Esta foto de Himmler con Franco -sé que diréis que lo he hecho aposta- no es un reflejo: Franco lleva la Laureada en el lado correcto, en el lado izquierdo -iba a decir que la lleva "sobre el corazón" hasta que he recordado de quién estaba hablando ;)  Las condecoraciones y la insignia de oro de Himmler aparecen a su izquierda, y la guerrera lleva los botones a la derecha, como las camisas de los hombres.



         La foto especular no la he colgado para poneros a prueba; resulta que esta foto siempre aparece en Internet del lado contrario. Os sugiero que entréis un momento en un buscador de Internet y busquéis "Himmler preso desafiante", o algo parecido. Os adelanto que el apellido del preso es Greasley, para que podáis acotarlo mejor. Haced la búsqueda en un momento y veréis cómo más de la mitad de las fotografías aparecen al revés, reflejadas; algo que no pasa en otras fotos igual de conocidas.
         Mi teoría es que la foto de abajo, con Himmler a la derecha, es más incómoda de ver. Lo que voy a decir ahora no son más que elucubraciones, pero ya sabéis que en Occidente leemos de izquierda a derecha. Cuando vemos una foto cuyo contenido no comprendemos, tendemos a repasarla yendo también de izquierda a derecha.
         Si "leemos" la foto 1, la reflejada, el proceso mental es el siguiente: Himmler, unas rejas, un preso. Himmler está mirando a un preso.



         Pero si "leemos" la foto 2, nuestro proceso es el siguiente: un tío que no conocemos -¿quién será?-, unas rejas porque se ve que está preso... ¡coño, si es Himmler!... y retrocedemos para verle la cara al desconocido por segunda vez, a ver si captamos más datos.


  
         Bueno; no es más que una elucubración. Me ha chocado que esta foto casi siempre aparezca al revés, y por eso he querido compartir con vosotros esta inquietud.
         Obviamente no puedo irme sin explicar la historia que hay detrás de esta foto. En mi muro de Facebook, Alicia ha estado aguda al decir que ese joven judío está menos masacrado que los demás. Ha sido observadora. No es un judío, sino un prisionero de guerra militar; su situación era muy mala, pero no tan desesperada como los judíos a quienes se exterminaba en las cámaras de gas o haciéndoles trabajar hasta la muerte.
         El joven de la foto se llamaba Horace Greasley y era un soldado británico que fue apresado por los nazis durante la retirada de Dunkerque e internado en un campo de prisioneros -no un campo de concentración ni de exterminio; por eso aún podía mantenerse en pie. Efectivamente está desafiando a Himmler; pero no sólo con su actitud, sino que acababa de quitarse la camisa para mostrarle en qué condiciones estaban los presos. Él no sabía quién era Himmler, pero se dio cuenta de que estaba en presencia de un alto oficial alemán, por lo que cuando llegó a su altura se puso en pie y le plantó cara: "¡Señor, los presos nos estamos muriendo de hambre!" Y entonces se quitó la ropa y se quedó en posición de firmes, enseñándole a Himmler y a los demás en qué condiciones estaban. Jugándose la vida, porque cualquiera de los oficiales le podría haber pegado un tiro impunemente.
         Himmler le miró con cierta sorna y se marchó, aunque sin duda en su fuero interno, como el cobarde que era, se sentiría desazonado al ver que aquella "escoria" era capaz de plantarle cara. Obviamente las condiciones de los presos no mejoraron.
         La historia de Greasley tiene su colofón, del cual ya hablaré con más detalle en otro momento: y es que conoció a la hija del director de una de las dependencias del campo y se enamoraron. Se lo llevaron a otro campo cerca de Auschwitz del que se fugó... cerca de doscientas veces -he dicho doscientas-, para poder estar con la novia. Luego volvía a entrar para que no hubiera represalias. Estuvo así cinco años, hasta que fue liberado, y murió en 2010.



Greasley, ya anciano. Por desgracia no llegó a casarse con su chica

         Para un tío capaz de escaparse 200 veces de un campo de prisioneros nazi para ver a la chavala, plantarle cara a un mamarracho como Himmler era un desafío de tercera división ;) 

 
Himmler, tras suicidarse ingiriendo una cápsula de veneno,
con la guerrera abotonada desde la derecha, como debe ser.



martes, 14 de junio de 2016

Gleiwitz: puerta de entrada a la II Guerra Mundial

         La estructura de madera más alta de Europa es la antena de la emisora de radio de Gliwice (Polonia), con sus 111 metros de altura...

...un lugar que ha pasado a la Historia porque fue aquí donde empezó la Segunda Guerra Mundial. En 1939, esta ciudad se llamaba Gleiwitz y era alemana. La noche del 30 de agosto, un comando SS fingió que los polacos habían cruzado la frontera, habían tomado la emisora de radio y habían lanzado un mensaje diciendo que esta zona de Alemania había caído en manos polacas.

         Era una operación de bandera falsa -como diría mi amigo
Esteban Ramos-, que contó con el macabro acompañamiento de media docena de prisioneros de campos de concentración a quienes se obligó a vestirse con uniformes polacos. Luego los mataron a tiros y dejaron allí los cadáveres.
         El comando estuvo dirigido por el oficial de las SD Alfred Naujocks, un experto en este tipo de historias. Hitler quería justificar la invasión que iba a empezar al día siguiente; no por quedar bien ante los demás países -a aquellas alturas del partido...-, sino para que Francia y Gran Bretaña, aliadas de Polonia, dudasen antes de declararles la guerra, ya que al fin y al cabo Alemania sólo se estaría defendiendo.
         La acción se llamó Operación Himmler, porque había sido diseñada por Heinrich Himmler... y ya os contaré más cosas en su momento ;)
         Hoy en día la torre sigue prestando servicio como soporte de telecomunicaciones; hay un museo y un memorial de la guerra. La frontera alemana queda a unos 180 kilómetros.


Captura de Google Maps

domingo, 5 de junio de 2016

El diario de Hans Frank

         Todos conocemos el Diario de Ana Frank... pero seguro que muchos no han oído hablar de otro diario que escribió otro Frank durante toda la guerra... y que resulta ser la otra cara de la moneda, ya que me estoy refiriendo a Hans Frank, "el Verdugo de Polonia", responsable directo de la muerte de millones de personas, especialmente judíos.
         En 1939, Alemania y la URSS se repartieron Polonia, y a este Frank, un abogado del círculo de Hitler, le nombraron gauleiter -gobernador- de la zona de Polonia que no había sido anexionada al III Reich: el Gobierno General, que fue como se llamó.
         Hitler no sólo quería invadir naciones... sino vaciarlas de su gente y anexionar a Alemania esos inmensos solares. Y en Polonia, el encargado de vaciarle el chiringuito, pasando sobre la vida de millones de personas, fue Frank.

Hans Frank. La cara es el espejo del alma

De Bundesarchiv, Bild 121-0270 / CC-BY-SA 3.0, CC BY-SA 3.0 de, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=5416277


         Entre matanza y matanza, Hans Frank escribió su diario: 43 volúmenes (he dicho 43) bien encuadernados... que al finalizar la guerra sirvieron de acusación contra él en los Juicios de Nuremberg, de los que salió ahorcado, como merecía.
         Oh, él lo negó todo, por supuesto. Dijo que en el Gobierno General -la Polonia convertida en corral de esclavos que había que ir vaciando- quienes mandaban eran la policía alemana, Himmler y las SS. Que no había oído hablar jamás de campos de exterminio, aunque en sus dominios hubo nada menos que cuatro -Belzec, Sobibor, Majdanek, Treblinka-; que él sólo cumplía órdenes y trató de respetar la cultura y la vida de los polacos...
         Llevo un par de días leyendo sus interrogatorios, tal y como se desarrollaron en Nuremberg, e incluso he visto un par de vídeos que desde luego no he entendido, porque están en alemán, pero que sirven para hacerme una idea de cómo fue el personaje.
         Hoy en día, su hijo Niklas Frank se dedica a explicarle a los chiquillos lo que fue el Holocausto y el papel criminal que tuvo su padre. Afirma haberse criado viendo cómo se torturaba a los judíos, con imágenes "de mierda" -en sus propias palabras- que no le dejan dormir, con la culpa añadida de saberse hijo de semejante sujeto. En sus testimonios, y me perdonáis la grosería, dice que de joven solía masturbarse cada 16 de octubre, aniversario de la ejecución de su padre, fantaseando con los últimos momentos que tuvo que pasar, emboscado en una casa esperando a que llegasen los yanquis. Hacerte una paja pensando en la muerte de tu padre es algo que tendrán que explicar los psiquiatras.
         En sus últimos días sobre la tierra, Frank se sintió angustiado pensando de qué manera iba a pasar a la Historia. Fue consciente de que los judíos han guardado buena memoria de los agravios y crímenes cometidos contra ellos en los tiempos de los faraones; y supo que dentro de mil, dos mil, tres mil años, el pueblo de Israel y la Humanidad entera seguirá señalándole como uno de los mayores asesinos de todos los tiempos... gracias, en parte, a los testimonios que él mismo fue escribiendo, de su puño y letra, en más de cuarenta volúmenes manchados de sangre.



Cadáver de Hans Frank, tras ser ahorcado en Nuremberg

De Photograph of the US Army - WP:en,
Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2126944

miércoles, 11 de mayo de 2016

Recordando el 11-M

         Punto verde, punto rojo
         (un santjoaner en el terremoto de Lorca)

         Publicado en Lloixa, revista cultural de Sant Joan d'Alacant, en mayo de 2011

         Me llamo Antonio Marcelo Beltrán, y mi familia lleva viviendo en San Juan desde el año 1979, cuando mi padre -algunos de ustedes recordarán al Beltrán que daba Física y Química en el instituto- fue destinado a Jijona. Hace cuatro años, la televisión autonómica murciana, 7 Región de Murcia, me contrató como responsable de su Delegación en Lorca; mi primer hijo nació allí hace casi dos años, y la segunda lo hizo en el hospital de San Juan el verano pasado.
         La serie de acontecimientos que ha convertido Lorca en una ciudad que tiene que empezar prácticamente desde cero, se inició a las cinco y diez de la tarde del miércoles día 11. Yo estaba en mi casa cuando sentí un bamboleo que me zarandeó de derecha a izquierda. Poca cosa; se cayeron un par de álbumes de las estanterías, y mi hijo Antonio perdió su precario equilibrio y cayó sentado sobre el pañal, lo que le provocó un tremendo ataque de llanto. Abracé a mi familia y llamé a mi compañero Óscar Peña, el operador de cámara que compone, junto a mí, la modesta Delegación de nuestra TV en Lorca.
         Las primeras noticias que tuvimos, fueron que el epicentro estaba situado a las afueras, en una pedanía llamada El Consejero, cerca del castillo. Nos trasladamos hasta allí y grabamos unas imágenes de casas en perfecto estado. Un compañero de otra televisión nos dijo que la iglesia de San Diego, ubicada a las afueras de la ciudad, había sufrido daños parciales, de manera que regresamos a Lorca, sorprendidos por la cantidad de gente que abarrotaba las calles. Aparcamos frente a la iglesia; Óscar estaba acercándose a la torre, cámara al hombro, mientras yo aparcaba la furgoneta de la TV, cuando estalló el segundo terremoto, el de las siete de la tarde. Y digo estalló porque eso fue lo que yo sentí, una explosión. Los terremotos son momentos tan caóticos e intensos, que cada uno los interpreta de una manera diferente. Mi compañero vio cómo la tierra se ondulaba de repente a su alrededor; mi mujer, Sara, estuvo escuchando ruido durante varios segundos, mientras a su alrededor se volcaban las estanterías; yo sentí una explosión que duró sólo un momento. De repente, frente a mí se desplomó una nube de ladrillos que durante los últimos siglos habían sido la torre de la iglesia. Imagínense a toda la gente que pueda estar en una ciudad de cerca de 100.000 habitantes, gritando al mismo tiempo. A todas las personas que están en las aceras, o dentro de los comercios, saltando a la calzada en tropel, sin mirar, obligando a los coches a frenar en seco...
         Hay oficios que no te permiten dar media vuelta cuando a tu alrededor se desata el caos. Médicos, enfermeros, policías... y también los periodistas. En las famosas imágenes de España Directo que han dado la vuelta al mundo, tras el derrumbe de la torre se ve a un hombre joven que corre en contradirección, esquivando a la multitud que escapa. Era mi compañero Óscar, que estaba grabando las primeras imágenes. Al ver que él estaba al pie del cañón, cogí el móvil con manos que me temblaban; primero llamé a mi empresa y pedí refuerzos, y luego marqué un número: 96 594... el teléfono de mi madre, Consuelo.
         - Mamá, ha habido un terremoto en Lorca; los niños y Sara se van ahora mismo para San Juan.
         El terremoto nos dejó a todos en estado de shock. Los coches avanzaban por la fuerza de la costumbre, a muy poca velocidad, cediéndose el paso atendiendo al sentido común, sin hacer demasiado caso a los semáforos, mientras todos tratábamos de asumir lo que estábamos viendo. Imagínense todos los bajos comerciales de una gran avenida, como la de Alfonso el Sabio de Alicante, reventados, con los tabiques reducidos a escombros en el suelo. Toda la gente por el medio de la calzada, abrazados, llorando, sentados en las aceras. Coches en doble fila con las puertas abiertas, algunos de ellos con los cristales rotos por los cascotes. Un hombre de rodillas vomitando junto a los árboles. Dos marroquíes tratando de incorporar a una anciana que sangraba por la frente. Un coche aplastado por un bloque de cemento. El sonido de las alarmas de las tiendas; las primeras sirenas...
         Nosotros vivimos en la periferia de la ciudad, en la penúltima calle de Lorca, en un barrio que se encarama por la ladera de una pequeña montaña. Aquella cuesta arriba se me hizo eterna, entre la gente que no sabía si subir o bajar. Mi furgoneta avanzaba entre los restos de los ladrillos que habían caído de todas las azoteas. La dejé aparcada de cualquier manera, me bajé. Lo primero que vi fueron los tabiques de los bajos de mi edificio, rotos en forma de aspa. Lo siguiente, un magrebí tirado en el suelo cubierto de sangre, rodeado de compatriotas. Llamé a la Policía Local, pero los teléfonos estaban colapsados. Al enésimo intento conseguí pedir una ambulancia. Entonces subí a mi casa por las escaleras, abrí, grité llamando a mi mujer. Nadie. Había libros por los suelos, jarrones rotos en la alfombra...
         Vivir un terremoto significa abrirte paso a codazos en el parque donde sueles jugar con tus hijos, que ahora está lleno de vecinos que lloran, gritan y miran a sus casas con la boca abierta. Mi mujer estaba sentada en el suelo de tierra, descalza, abrazada a mis dos niños pequeños, cogiendo de la mano a una chica ecuatoriana que llevaba otro bebé en brazos. Me descalcé, le di mis zapatos a mi mujer, pero ella me dijo que necesitaba sentir la tierra bajo sus pies. Todos lloraban. Os vais ahora mismo de aquí, le dije. Mi querido San Juan se me apareció salvador, auténtico billete de salida de aquel espanto.
         Las llaves del coche están arriba, y el coche en el garaje.
         El miedo de verdad no te da escalofríos, no te hace sudar. A mí, el miedo de verdad me hizo jadear como si estuviera debajo del agua y me secó la boca por completo. Así, con la lengua fuera, volví a entrar en el edificio, fijándome en las grietas, la escayola por el suelo, los tabiques agujereados, el espanto en que se había convertido mi escalera. Subí los cuatro pisos. A todo esto, me llamaron de mi televisión, para que informase en directo a los murcianos de lo que estaba pasando en Lorca. Traté de no ponerme a llorar para que no cundiera más el pánico.
         Mi coche estaba en el segundo sótano, donde todavía no he sido capaz de bajar. No me apetece, me da respeto. Bajé al garaje, eché los zapatos en el asiento de detrás, arranqué y salí de allí de estampida. Aparqué en medio de la calle, volví al parque. La ecuatoriana que estaba con mi mujer tenía al marido en Suecia, es camionero. Nos dijo que tenía parientes al otro lado de Lorca, así que la animé para que se fuera con ellos teniendo cuidado de no arrimarse a los edificios. Después saqué del parque a mi mujer y a los chiquillos, coloqué a los bebés en sus sillitas mientras mi esposa se calzaba, y le indiqué por dónde podía salir del barrio y meterse en la autovía sin peligro. Bendita casa en la periferia, y bendito San Juan que iba a proteger a los míos.
         Recuperé la furgoneta de la televisión, me reuní con otros compañeros venidos de Murcia y empezamos una conexión en directo que no terminó hasta las dos de la mañana. Cuanta más información, menos miedo. Rutas alternativas de entrada a la ciudad, recomendaciones de no usar el ascensor, no coger el coche, permanecer en espacios abiertos, no acercarse al hospital de Lorca -que estaba siendo evacuado por completo-, dirigirse a este hospital de campaña, a aquel campamento de refugiados...


         Mientras yo hablaba, pasaban por nuestro lado todo tipo de sirenas, siempre en dirección al centro de Lorca. Cuerpos policiales, Bomberos, Cruz Roja, Protección Civil, el Ejército... Primero los pueblos más cercanos; luego los que venían de las provincias vecinas, Almería, Granada, Albacete, Alicante... En las horas sucesivas aparecieron más medios de comunicación; entre ellos, un santjoaner de pura cepa: Paco Bernabéu, de Canal 9, profesional de gran experiencia, que me dio un abrazo y luego se perdió cámara al hombro entre las ruinas. A las dos de la mañana, otra periodista y yo rescatamos de entre los escombros las campanas más pequeñas de la iglesia de San Diego y la cabeza mutilada del santo de la portada, y se las entregamos al párroco. Esto es un terremoto, empezar el día hablando de las vacaciones o de fútbol y terminarlo hurgando entre las ruinas de una iglesia, tratando de salvar alguna cosa, después de haber visto a tu mujer y tus hijos llorando descalzos en un parque entre centenares de gente sin casa.
         Aquella madrugada la pasé en Águilas, en la casa de mi compañero de trabajo. Al día siguiente, el primer balance. Nueve muertos, una treintena de heridos, daños muy graves en la muralla del castillo, en todas las torres de las iglesias, en todos los bajos comerciales... y corros de gente en la calle esperando la llegada de los arquitectos. Una brigada armada con pértigas arranca azulejos y salta la pintura sin contemplaciones, buscando los pilares de cada edificio. Un punto verde pintado con spray significa que puedes volver a tu casa y tratar de hacer vida normal. Un punto amarillo te da quince minutos para recoger lo imprescindible. El punto rojo o negro en tu puerta significa que te acabas de quedar sin nada; sólo con la ropa que lleves encima.
         Ya han pasado varios días; todos los que vivimos en la ciudad estamos muy tristes, apáticos, con cierto miedo... pero Lorca es una ciudad fuerte, con mucho temperamento. Tenemos además el ejemplo de los miles de inmigrantes que saben lo que es pasarlo mal y empezar de cero. Mi calle ya está limpia, y las campanas de San Diego casi no se han abollado. Entre todos, y con el apoyo de tanta gente, no tengo la menor duda de que lograremos salir adelante.


Óscar Peña (izda.) y Alejo Lucas, la mañana del 12-M


Avenida Europa, noche del 11-M

Códigos rojo (prohibido entrar, posible derribo) y verde (sin daños);
los azares del terremoto


Derribo controlado del Complejo San Mateo (unas 100 viviendas),
acometido varios meses después


Barrio Alfonso X. Un frutero que no puede entrar en su local
monta la tienda en los bajos, con los tabiques destruidos,
prestados por una comunidad de vecinos cercana


La Viña. Derribo del edificio de la calle Herrerías.
Toda la zona quedó reducida a un inmenso solar.

Calle Álamo, junto al Ayuntamiento.
Casa antigua cuya fachada se quiso proteger.


Avenida Juan Carlos I, calle principal de Lorca,
la madrugada del 11-M